Una semana después de haber sufrido un resfriado que se volvió una tos tremenda y que se bajó al pecho y se negaba salir, decidí hoy encontrar médico y rogarle que me diera antibióticos. El secretario del instito que visito los lunes me trazó un plano callejero sobre un folio donde indicó donde encontrar el Centro de Salud, que resultó estar a meras calles de mi piso y al lado de un supermercado que todavía no había localizado. Me dijo que tendría que irme ahí porque no tenía seguro médico español y que era buena idea ir pronto, para ver si no cogía número para hoy.

En los primeros viajes que hice a España con fines antropológicos, me enteré de que cualquier persona podía acceder a la atención médica. A segunda hora hoy, un maestro se lo había comentado a su clase, "Al pisar tierra española, ya tienes la atención médica garantizada." También había oído que a veces había que esperar horas, y que las salas de urgencias sobre todo se llenaban de inmigrantes, y marroquíes en particular. Por las conversaciones en las que he participado o oído sobre el tema, se sobreentiende que inmigrantes indocumentados y sin empleo se benefician del sistema de salud pública y que quitan atención y recursos de los ciudadanos o de gente documentada. Un día, una profesora se quejaba de haber sido dirigida a un hospital a varios kilómetros de su casa, en vez de haber sido atendida en el que estaba al lado; mientras tanto, la sala de espera estaba llena de marroquíes, dijo ella.

Es verdad que entre las primeras cosas que se les aconsejan a los inmigrantes recién llegados es acudir a Sanidad y sacar el carné. Si lo hubiera tenido yo, es posible que podría haber entrado a la parte central del Centro de Salud, pero tampoco es muy probably, porque parece que dejan de admitir pacientes más allá de las dos de la tarde. El enfermero con el que hablé me mandó a la vuelta de la esquina, a Urgencias, al saber que tenía seguro internacional/americano, pero no europeo.

Era la 1:30 y en la sala de espera, todo tranquilísimo. Un hombre de unos 40 años, con aspecto deportivo, vestido de uniforme de ambulancia (?) apuntó y nombre y el número de mi pasaporte en una ficha de un solo folio. Me preguntó sobre los sintomas que sufría y los apuntó también, luego separó la copia color rosa de la blanca y me la dió, diciendo que tomara asiento y que me llamarían. Había solamente cuatro otras personas en la sala, una madre joven, con su bebé, y otra madre con su hija ya grande. La sala tenía forma de "L" y no era más grande que el modesto salón de mi piso; en las paredes, azulejo color rosa pálida, lo que le daba aire de baño, pensaba yo. Unas sillas azules lindaban las paredes y ocupaban el centro de la sala.

Empecé a notar que el personal de Urgencias daba señales de estar saliendo para comer. El hombre detrás del mostrador iba y venía, charlando con la gente que encontraba por los pasillos, a veces dejando que la persona que acaba de llegar lo esperara en el mostrador. Qué suerte la mía, pensé, mientras miraba como los médicos y enfermeros salían por la puerta de al lado, pero no me muevo de aquí hasta que haya hablado con alguien que me pueda dar una receta. Otra madre con su hijo pequeño entró; el niño estornudaba y tosía, escondiendo la cabeza entre el pecho y el cuello de su madre. Otras personas llegaron después, y mientras le entregaron al señor del mostrador sus carnés de Sanidad, me preguntaba por qué no se habían acudido directamente a la clínica. Habrá sido, como para mí, asunto del tiempo. Entró un hombre español, tosiendo, su cara roja con fiebre, y se sentó rendido en una silla al lado de su mujer; todavía llevaba sus zapatillas de casa. Vino una mujer española que se quejaba de sufrir mareos; vinieron dos chicas marroquíes, y una de ellas llevaba un tatuaje de flores en el pie izquierdo; luego entraron dos hombres marroquíes, uno de ellos con infección de ojo; una señora española se puso las gafas de sol para cubrir donde su ojo derecho sangraba. El hombre del mostrador les comentó que el médico había tenido que acompañar a un paciente al hospital y que volverían a llamar a gente una vez que se había vuelto. Oí como una chica dijo a su móvil, "Claro, se han ido a comer."

Me había preparado mentalmente para esperar un buen rato. Estoy acostumbrada a escuchar histories de Urgencias en USA: Esperé seis horas para entrar a la consulta, y luego esperé otras dos para que me viera el médico! Así que pasé el tiempo mirando fijamente a las paredes o mirando sin ganas a los otros pacientes que me miraban sin ganas. A eso de las tres, el personal volvió a aparecer, y poco después, me llamaron, justo después de la mujer con el ojo malo, que debía haber tenido un caso lo suficientemente grave como para priorizarlo.

Le dije a la médico cuáles eran mis síntomas y por cuánto tiempo los había sufrido. Se acerco y me dijo que abriera la boca y dijera, "Ahh." "Ah, sí, faringitis," me dijo. Colocó el estetoscopio en la espalda y me dijo que respirara hondo, por la boca. "Tienes moco ahí, así que te vamos a dar antibióticos. También tendrás que asegurarte de estar muy bien hidratada, para que los mocos se muevan." Asentí con la cabeza, agradecida, y esperaba a que me diera el papelito con la receta y que me dijera dónde tendría que pagar la visita. Pagaré la medicina en la farmacia directamente, pensé, rindiéndome ante los pensamientos lentos e insignificantes del resfrío.

Asentí de nuevo cuando me dijo que tendría que tomar el medicamento cada ocho horas durante varios días, y fue entonces cuando extendió la mano hacia el otro extremo de su mesa y de un recipiente, extrajo unas cuantas muestras de Amoxiciliana que depositó sobre la mesa. Las miré, incrédula, sin saber si debería cogerlas o no. Y la receta? Eso de ir hasta la farmacia? Esperé entonces a que me dijera algo sobre cómo o dónde pagar la consulta (en Estados Unidos, es común que estas consultas a Urgencias sean exageradamente caras), pero ya había llamado al siguiente paciente y se acercaba a la puerta. Metí las cápsulas en mi mochila de prisa y como pude, todavía atónita y sin saber cómo reaccionar. "Eso es todo?" le pregunté. "Sí, eso es todo, y qué te mejores!" me dijo, alegre. Si ya estoy mejor! le quería decir. Sentía como si hubiera acabado de robar un banco y que ella me felicitaba.

A los españoles que he conocido, les despierta orgullo hablar de sus sistema de salud pública; entre amigos y conocidos, surge la pregunta a menudo, por qué en Estados Unidos existe tanto rechazo a esta idea? Es una cosa básica, dicen. Ya, lo sé, digo yo. Es una parte fundamental de un sistema democrático, dijo el profesor a sus alumnos de primero de la ESO esta mañana. Les contó que, en cambio, había habido gente americana que se había muerto por falta de acceso al cuidado médico. Le miraban alarmados. Y con mucha razón.