La fiebre no anima a la escritura, pero superarla sí… con el cuerpo limpio de bacterias y la mente más clara que antes, me asomo otra vez al mundo – todavía enroscada en la bata, las pijamas y dos pares de calcetines (just in case) – para traducir algunos pensamientos por teclado.

Mañana por la tarde pienso asistir al que será mi segundo ensayo de grupo musical en Santa María. Quise ir al taller de música de los cuartos por un lado para conocer a más alumnos y por otro porque su profesor había mostrado interés en mi estudio y me había invitado a sus clases. Al final, después de varios ajustes en mi horario, terminé asistiendo exclusivamente al taller de los cuartos, donde el trimestre pasado los alumnos aprendían sobre la historia de la música contemporánea, desde el jazz al rock, al pop al heavy metal a la electrónica. Este trimestre, aprenden a cantar, y yo sirvo de traductora y experta de pronunciación puntual porque una selección grande de sus canciones vienen en inglés: “Yesterday” de los Beatles, “Every Breath You Take” de The Police, y “Can’t Help Falling in Love with You” del mismísimo rey, Elvis.

Estaba convencida de que no funcionaría, no porque les creía incapaces a los alumnos, sino porque creía que se negarían a cantar. Creía que a la hora de ponerse a cantar frente a otra gente, o incluso a practicar, no lo harían. Lo creía porque, a pesar de la capacidad que tienen algunos de gritar (“pegar voces,” como se dice por aquí) de un extremo del patio al otro, los alumnos me siguen pareciendo bastante tímidos en general. Por un lado, hacen todo lo posible por no destacarse del grupo (un sentimiento bastante común), pero por el otro, he visto como algunos alumnos se niegan a hacer lo que se les pide – se niegan a responder a preguntas de tarea, se niegan a traer los libros a clase, se niegan a sentarse en otro lado del aula, se niegan a sentarse con otros compañeros. Se niegan, a secas, y no hay quien les haga cambiar de postura. Yo suponía que los alumnos en el taller de música podrían responder de igual manera, y que se negarían hacer algo que no sólo les destacaría de los demás, sino que también les haría vulnerables a alguna crítica.

Por suerte, no llevaba la razón. Nos reunimos el jueves pasado en el aula de música, y mientras el profesor de música y el bajista repasaba parte de alguna canción, dos estudiantes del taller aprendían a conectar el equipo, incluso el micrófono, el amplificador, y los audífonos. Una chica se acercó al micrófono para cantar la balada de Elvis, y era evidente que aunque tenía la letra enfrente, no le hacía falta; había aprendido todo de memoria, y afinaba sin esfuerzo. El profesor le dijo que cantara con más emoción, con más feeling, que sintiera que se llevaba por esas enormes burbujas de sonido que producía Elvis cuando lo cantaba, y surgió el nombre de Antonio -- ¿el novio, tal vez? – lo que hizo que los otros estudiantes se descojonaban, pero la próxima vez que ella lo intentó, sí que le salía con más emoción.

Estaba recordando las muchas horas que había pasado yo en el gran salón de música de mi escuela secundaria, donde practicaba la partitura y escuchaba los berrinches de la directora que no se conformaba con menos que la perfección, pero al final donde sentía que tenía un lugar y que por eso yo era alguien. También pensaba que yo no sería la persona más adecuada como para hacer de consejera a un grupo de vocalistas, pero mi idea era estar ahí si los alumnos estaban ahí, y atreverme si ellos también se atrevían. Resulta que el profesor tenía en mente un par de canciones y quería que yo las considerara para luego practicar y cantar una, de solista. Y de esa manera, la observación participante se volvió aun más participativa.

También me dieron una parte en aquella canción inquietante pero pegadiza de The Police, y es sobre todo el momento en que Sting se lamenta, “Since you've gone I've been lost without a trace, I dream at night I can only see your face ... baby, baby, pleeeeeeez!" La chica con la que canto no parecía lamentar, en cambio, la pérdida de estas líneas. Yo, temiendo los egos de los artistas le pregunté si le importaba que cantara con ella, y dijo, “No, si da igual.” El hecho es que la letra pasa rápido, y no hay que olvidar que cantar en tu segunda lengua es bastante, bastante difícil.

Pero más que nada, lo que noté durante las dos horas que duró el ensayo, era el comportamiento de los mismos alumnos. Cuando se tenía que arreglar algo con el equipo musical, ellos se empeñaron en cantar por su cuenta. La chica a la que acompañaba yo me pidió que siguiera haciendo chasquidos con los dedos para que ella supiera cuando empezar a cantar; lo que puede parecer un dato sin mayor importancia, pero es que rara vez veo que los alumnos piden la ayuda de nadie, ni que muestran un poco de orgullo sano a la hora de querer hacer algo bien. Cuando le dijo el profesor que no sabía que cantaba tan bien, le miraba como si no le creía, y cuando yo le repetía lo mismo, me dijo en voz baja, “De verdad?” Al final de todo, había en el rostro de cada uno de los alumnos ese brillo de orgullo que he estado echando de menos entre ellos. La mayoría del tiempo parece que no forma parte de la dinámica o de las ecuaciones sociales por aquí, que las cosas se tienden hacia el lado negativo. Pero en ese ensayo de música, no era así. Estaban bien, contentos e interesados en lo que hacían. Surgía incluso algo parecido a la solidaridad, diría yo.